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miércoles, 25 de mayo de 2016

Relato: Nocturno de sangre

El palacio que se presenta ante mis ojos es una de las visiones más espectaculares que he tenido ocasión de contemplar en los últimos tiempos. Destaca como una gran antorcha en el cielo nocturno, más incluso que de costumbre. Los bailes y las risas de dentro se oyen perfectamente desde donde estoy, de hecho la plebe los aprovecha para celebrar su propia fiesta fuera. Los pobres, los que no se pueden permitir pagar la entrada ni conseguir una invitación. Siento algo de lástima por esos chiquillos desharrapados, esas máscaras mal hechas, esas levitas gastadas y esos vestidos viejos, pero solo es un momento, en seguida se me pasa. Salgo de mi carruaje con la decencia que me corresponde y por un momento el intento de fiesta se detiene. Me miran con asombro y veneración, y no es para menos. Mi vestido y joyas cuestan bastante más que todas sus miserables vidas juntas. Les miro, altiva y con desprecio, y les ignoro, dando a entender que no merecen en absoluto mi atención. Es a palacio a donde me quiero dirigir, no me voy a entretener con esos miserables.
El portero me deja pasar sin problemas, lo esperado. No se da cuenta de los puñales que tengo ocultos en los antebrazos bajo las mangas, cuyo acero me hiela la piel. Tampoco sabe que enganchado en la liga tengo algo más que eso. Ni siquiera se molesta en comprobar si vengo desarmada. Esta confianza va a terminar por hacer verdaderos estragos en esta sociedad banal, como el que ahora planeo realizar.

Los sonidos de la fiesta invaden mis oídos y embotan mi cerebro. Los músicos son buenos, pero esperaba otros. Tampoco son lo más importante, saben mantener el ritmo y con eso basta. El salón principal está lleno de gente brillante como yo, de vestidos pomposos, hilos dorados, joyas fantásticas y, por supuesto, de máscaras. En otros tiempos la gente habría resultado irreconocible bajo esos disfraces, pero todo se corrompe, especialmente en esta época. Los antifaces apenas cubren la cara, y el maquillaje no confunde a nadie. Me será demasiado fácil encontrar a mi víctima, solo espero que luego no me reconozcan a mí como culpable. Mi máscara no me cubre en absoluto, está hecha de encajes, por lo que se me ve la mayor parte de la cara. A cambio, es la más bonita de la fiesta, aunque esté mal que yo lo diga.
Enseguida vislumbro a mi víctima. He tenido suerte. Está cerca de la ventana y observa el jardín con anhelo mientras conversa con otra dama que no conozco. Viste como cabría esperar en una ocasión de este calibre: tiene el pelo negro recogido a la altura de la nuca con un lazo azul que brilla cada vez que se mueve, y la levita tiene bordados en el mismo color en las mangas y en el cuello. Lleva la máscara en la mano, y no la distingo bien, pero es evidente que no se siente cómodo con ella. Mejor, así resalta cómo el traje le hace juego con los ojos. Casi estoy orgullosa de no matar a un don nadie, él al menos tiene gusto. Ojalá pudiera decir lo mismo de la dama con la que habla. Su ropa está completamente anticuada, parece más del siglo pasado que del presente, y su maquillaje hace que parezca una muñeca. Estaría justificado si fuera una anciana, pero no es más que una niña. No me gusta que mi víctima se junte con esa clase de gente, pero lo dejo estar. Disimuladamente me muevo hacia otro lado. La noche es larga y tengo todo el tiempo del mundo.
–¿Me ofrece este baile, bella dama? –Me giro con violencia, esa voz casi me mata del susto.
Suspiro con alivio al ver que no es un desconocido cualquiera ni un jovenzuelo inexperto. Se trata de Luq, uno de los profesores más prestigiosos de la Academia de Música. Seguro que para él esta es poco menos que un insulto, especialmente cuando escogen músicos de fuera en lugar de contratar a los salidos de su escuela. El Rey y su maldita superstición va a acabar con el apoyo que esta entidad profesa a la Casa Real.
Luq me mira interrogante con sus extraños ojos grises. Es una de las pocas personas que aún no se ha quitado la máscara, igual que yo. Casi parece que estamos hechos el uno para el otro, pero ambos sabemos que es solo un juego. Él no está interesado en mí ni en las de mi sexo. Tomo la mano que me ofrece, y su confianza me dice que no ha notado nada extraño. Mejor. Los cuchillos que llevo ocultos no son para él.
Sus pasos me guían, expertos, por la pista de baile. La multitud se abre a nuestro paso y se vuelve a cerrar tras él. Bailamos durante largo rato hasta que me pierdo en el idilio, deseando que eso dure toda la noche y que no tenga que desempeñar la penosa tarea que me han encargado. Pero sé que eso no es posible. Las campanadas me devuelven a la realidad. Las once, es hora de ponerse en marcha. Al terminar la pieza me separo de él y bailo con otros hombres, todos refinados y conocidos. Todos me dan asco de lo artificiales que son, y solo me sirven para acercarme a mi objetivo. Pasa más de media hora hasta que consigo emparejarme con él. Es algo más tarde de lo que pretendía, pero sigue siendo antes que en mis peores temores. No está mal, aunque me voy a tener que dar prisa.
Él me mira con fascinación. Resulta imposible no enternecerse ante la mirada de esos inocentes ojos azules. Es algo torpe, pero eso solo sirve para hacerlo aún más adorable a mis ojos. Ojalá no tuviera que matarlo, pienso, pero su presencia es incómoda para el reino en más de un sentido y no soy yo quien pone las normas en política. Posiblemente muera sin saber por qué, pero es mejor morir joven que envejecer en este valle de lágrimas.
–El ambiente está muy cargado aquí, ¿no os parece? –le susurro al oído. Sé que huele mi perfume, y su cara está tan roja como el rubí que tengo en la garganta–. Acompañadme fuera, donde el ambiente es más fresco.
Él acepta sin dudar, lo que no me extraña. Me consta que lleva enamorado de mí desde que fue presentado en sociedad. Sé que no me quita los ojos de encima cuando estamos en la misma sala. Y sé que no me negará nada de lo que diga. Es demasiado inocente. Siento una lágrima asomar por el ojo derecho y me la recojo con furia. Salimos esquivando la multitud. Su mano aprieta la mía con firmeza, pero sin hacer daño. No me doy cuenta de que la mía hace lo mismo hasta que salimos fuera, y me apresto a retirarla.

Efectivamente, la noche es agradable, aunque la brisa es fría. Algunas ráfagas de viento atraviesan mis encajes y provocan escalofríos que recorren toda mi espalda. Él no se da cuenta y lo prefiero así.
El jardín es hermoso incluso de noche. Las luces de dentro se reflejan en las flores y la luna, en las estatuas de mármol, provocando un precioso efecto luminiscente. Parece una réplica de lo que ocurre dentro, aunque más callado, más fresco, más romántico. Lo recorremos entero hasta llegar a u parterre que no se ve directamente desde las ventanas de palacio. Es un sitio perfecto para mis pretensiones. Allí nos sentamos, sin preocuparnos de ensuciarnos las ropas de tierra o verdín, y yo recuesto mi cabeza en su hombro. Tengo tiempo de sobra, prefiero retrasar el momento lo máximo posible. Sé que él tampoco tiene prisa. Soy una asesina, pero a veces tengo mis principios. Me acaricia el cuello y la cara, las únicas partes en las que mi piel está a la vista, y yo le correspondo. Se estremece ante mi contacto. No, no debería morir. Aunque sea el único que impida que la Princesa ocupe su legítimo lugar en el trono. Sé que este sería mejor Rey de lo que su prima nunca podrá soñar, pero, desgraciadamente, no fui yo quien puso las reglas. Sé que aunque sobreviviera nunca podríamos estar juntos y, por algún motivo, eso no me da igual. Lloro sin querer, y él me abraza con una ternura infinita. Posiblemente también llora, pero por otro motivo. De repente, me suelta con brusquedad, y yo siento un frío repentino. Allí, mirándonos fijamente y con reprobación, se encuentra su señora madre. Él trata de disculparse, diciendo que todo es un malentendido, pero ella no le hace caso y corre hacia palacio. No la sigue. Me cuenta brillantes planes de escape, pero yo ya no le escucho. Esa maldita arpía ha dado al traste con todos los planes que tenía para esta noche. Tengo que acabar ya y huir lejos. Menos mal que en el trato se incluían un carruaje y un pasaje en barco para la huida. Le prometo que todo saldrá bien y tan pronto como puedo me saco el puñal de la manga y se lo clavo en las costillas. Me mira con los ojos desencajados sin poder creerse lo que acabo de hacer. Yo hundo el puñal aún más hondo y lo giro con violencia. Sé que morirá y no tardará mucho.
–Lo siento –susurro.
Supongo que me ha oído. Su cuerpo se desploma inerte sobre la tierra. Me recojo las faldas y salgo corriendo llorando como si hubiera perdido a un ser querido. Sé que hay una puerta por la que no me verán y me encamino hacia allá a toda la velocidad que me permite mi aparatoso traje. Alguien me persigue. Me giro un momento, pero me basta para conocer su identidad. Es Luq. Ha salido de la nada y me mira con un odio visceral que da miedo. Corro aún más rápido, pero no es suficiente. Salgo de los jardines a toda velocidad y me quito los zapatos. La ciudad está cerca, basta con bajar una pendiente. Los adoquines están calientes y viscosos. Casi prefiero que estén fríos. Luq gana terreno por momentos, parece un demonio corriendo tan rápido. No sé cómo lo hace siendo su ropa más incómoda y menos manejable que la mía. En la carrera me tiento las mangas. He perdido un puñal, pero aún me queda el otro. Más que suficiente. Entro en las primeras calles con Luq pisándome los talones, y tomo una decisión. Los pulmones me arden, no podré mantener esta persecución mucho tiempo, más cuando parece que a él no le afecta el cansancio. Doy un quiebro en una calle y espero a que aparezca. No tarda mucho. Justo cuando dobla la esquina le clavo el puñal en el pecho con todas las fuerzas que me quedan. Él me agarra con fuerza y una furia inusitada, y yo se lo vuelvo a clavar. Le asesto una puñalada, y otra, y otra, cegada por la ira, el miedo y la tensión, hasta que al fin su cadáver se desploma sobre el suelo. Mis ropas están llenas de sangre, pero con la oscuridad de la noche apenas se nota. Solo se huele. Tengo que estar dando una imagen penosa, con el peinado deshecho, el maquillaje corrido y el vestido ensangrentado, pero a estas alturas me da igual, solo quiero huir. Me dirijo hacia mi casa, donde debería encontrar un carruaje tal y como estaba establecido. El camino es largo y penoso, pero al menos está vacío. Ya me da igual que me vean, seré irreconocible de todos modos. Tengo calor, pero no me quito nada. Sé que si lo hago será peor. No conozco el camino bien, y me consta que estoy dando vueltas en círculos, pero al fin, cuando ya parece rayar el alba, llego a la gran avenida donde se encuentra mi casa, entre la de mi víctima y la de Luq. Brillante coincidencia. Aún me cuesta aceptar que están muertos, especialmente el segundo.
Efectivamente, allí está el carruaje prometido. Conozco al cochero, y sé que me es fiel. Me acomodo en la parte de atrás, manchando de sangre los asientos de terciopelo, doy la orden de partir y me recuesto, agotada.


Mi alivio dura poco, porque Luq está sentado a mi lado y me mira fijamente.  


Espero que os guste. No os cortéis a la hora de comentar, tanto lo bueno como lo malo. 

1 comentario:

  1. Mm, interesante. Aunque hay cosas que no me cierran del todo. ¿quién es el objetivo? ¿por qué lo tiene que matar? ¿en dónde se ubica la historia? ¿o cómo se llama la protagonista? Hubiera sido mucho mejor que al menos se profundizara en la víctima, conocerlo a través de él, a qué le teme, qué asuntos hay con su madre y tal; pero bueno, no le quita mérito al cuento. Me pareció bien, este estilo de narrador en primera persona en tiempo presente no es muy de mi agrado, pero si con ese estilo te es más facil, pues bien.
    Recomendaría en mi humilde opinión que los párrafos no fuesen taaaaaaaaaan largos, sino que se vayan distribuyendo un poco la cantidad de lineas, más que anda para hacer la lectura más ágil, un poco te perdes, más con las partes de acción donde no te das cuenta y te las pasaste de largo (al menos así me pasó). Sigue escribiendo, que así se aprende, y no dudo que algo bueno te saldrá.
    Saludos desde el otro lado del charco!

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