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sábado, 6 de agosto de 2016

Reflexión: Libros obligatorios

Todos habremos sufrido, o disfrutado, según como se mire, esto. En el colegio y en el instituto (en la Universidad no sé, así que me callo) mandan una serie de libros que hay que leer a lo largo del curso. Suelen ser clásicos o libros de calidad reconocida. A veces están ya fijados, como El Lazarillo y El Quijote, que se leen en tercero de ESO y en primero de Bachillerato, respectivamente, otras son elección del profesor y otras, dan a elegir a los alumnos de una lista.

He oído mucha gente quejarse de este tema. Muchos esgrimen que así no se fomenta la lectura y que mandando leer libros solo se consigue que los alumnos los odien. Y hay veces que es cierto, si algo se convierte en una obligación deja de ser placentero. También es cierto que hay clásicos que se mandan leer a edades muy tempranas y sin ninguna ayuda o aclaración por parte del profesor, especialmente cuando estamos hablando de libros anteriores al XVIII, en los que el lenguaje utilizado es bastante diferente del español actual.

Sin embargo, no todo es tan malo como todo el mundo dice. Yo no he tenido una experiencia tan mala con libros obligatorios como el resto de la gente, incluso los más acérrimos defensores de la literatura. 

Para empezar, su intención, a mi juicio, no es la de fomentar la lectura. Ese es un hábito que se adquiere en casa, no en clase. Son los padres y no los profesores los que forman nuevos lectores, aunque sea en el colegio donde se enseñe a leer. Hay veces en los colegios que sí se hacen esfuerzos por promover la lectura con diversas actividades donde cada niño coge el libro que quiere leer y hace una ficha sobre él. Eso, al menos, es lo que he hecho yo.

En el instituto ya hay menos intentos de promover la lectura, porque se supone que ya se tiene el hábito. Y aún así, en los primeros cursos de la ESO se hacen. En primero y segundo nos mandaban hacer fichas de lectura de los libros que leíamos, y bastaba con leer doscientas páginas de lo que fuera, sea Crepúsculo o James Joyce. Yo agradezco que en mi instituto se hiciera eso, porque las lecturas de Jordi Sierra i Fabra, Las Lágrimas de Shiva que adora todo el mundo me gustan mucho menos que los clásicos que todo el mundo parece odiar. 

También es verdad que yo he tenido bastante suerte con el tema de las lecturas obligatorias, pues siempre he tenido profesores que me animaban a leer y con sus explicaciones daban ganas de empezar todos los libros que nombraban. Y es muy bonito decir que uno en el instituto es demasiado joven para esos libros, pero yo creo, por lo que he visto, que si no se leen en el instituto no se leen nunca. En España parece que les tenemos tirria a los clásicos nacionales, pues muchos cantan las virtudes de Austen y las Brontë, por poner ejemplos, pero mucha gente se precia de no haber leído a Cervantes en su vida. Haced la prueba vosotros mismos con los libros que leéis. ¿Cuántos clásicos habéis leído este año? Y de estos, ¿cuáles son en lengua castellana? Parece que consideramos que todo lo nuestro es malo y que obligar a leerlo es algo terrible.

No voy a cantar las virtudes de las lecturas por obligación, porque que a uno le gusten o no depende de muchos factores, entre ellos, la actitud de quien las manda, pero hay que admitir que, de no ser por ellas, pocos jóvenes leerían clásicos españoles. E incluso con ellas, prácticamente todos los desprecian.

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